

El Email decía: “CUIDADO CON EL VIRUS, FELICIANO”, en letras capitales.
Feliciano comprobó que el remitente era Pablo, un amigo suyo que trabajaba como él en una ONG para el desarrollo del Tercer mundo. Pensó que era una de esas interminables cadenas de chistes tontos que su amigo le mandaba desde el trabajo cada día. No obstante, su intuición africana le sugirió leer el texto.
Pablo habitualmente escribía los mail en ese idioma inventado por los aficionados al Chat, con palabras entrecortadas y con muchas “k”, con signos de sonrisas o tristeza, pero esta vez, las frases estaban completas, no había caritas alegres, ni fotos de chicas con los pechos al aire.
“CUIDADO CON EL VIRUS, FELICIANO”.
“El virus del boicot existe, no se trata de nada informático, ataca a las personas pero no te mueres, aunque tal vez sea peor.
De golpe te sientes tan fatigado que tienes que tumbarte y después, la tragedia.
Ves todo tan claro que te duele. Ya no tienes fuerzas para seguir fingiendo, no puedes sumarte a la masa aunque quieras. Si intentas seguir con la patraña en que se ha transformado tu vida, te dan vómitos.
Le llaman el virus del boicot, por los efectos que produce y no se sabe como se transmite, pero en Francia, Senegal, Filipinas, Canadá y Chile, se están produciendo fenómenos increíbles.
Los medios lo ocultan, pero es verdad, la gente se queda tumbada en sus casas y no va a trabajar, los bancos de Frankfurt han cerrado preventivamente sus puertas por miedo. Los divorcios se multiplican, pero los abogados y jueces están de huelga a causa de verse a si mismos tal como son, así que los juicios están suspendidos.
La casa Blanca está enloquecida, 37 de sus empleados han comenzado a vomitar casi al unísono en una reunión del ministerio de Defensa.”
Feliciano se reía a carcajadas.- Este Pablo es un cachondo”- pensó- al tiempo que llegó a la última frase del mail:
“Tengo el virus, Feliciano. Por eso me voy de la ONG. Espero que seas feliz.
Pablo”.
Feliciano dejó el café por la mitad y llamó a la ONG de Pablo: Nadie contestaba.
Llamó al móvil de Pablo: Usuario inexistente.
Cogió la bicicleta y se fue pedaleando por la Gran Vía de Les Corts Catalanes como loco. Desde la casa de Feliciano hasta su trabajo, había sólo un kilómetro. Hacía un tiempo que el trayecto se había automatizado de tal forma que su cuerpo realizaba las operaciones anatómicas necesarias para pedalear, cambiar las marchas y frenar frente a los semáforos como si de un piloto automático se tratara.
Pero esta vez, no supo si por sugestión o coincidencia, las calles, la gente, le parecían diferentes: como si recorriese las calles por primera vez.
Los taxis y autobuses escaseaban y la gente a su paso se comportaba de manera extraña. Feliciano pensó que hacía tiempo que vivía en piloto automático y no supo explicar porqué de pronto se acordó de Senegal, su mujer y su hija.

Al llegar a su trabajo, sus compañeros hablaban a los gritos y fumaban aunque estaba prohibido. Las radios y televisores estaban encendidos, todo el mundo pendiente de las noticias.
-¿Has recibido el mail de Pablo? – fue el recibimiento que le dio Clara, su jefa, despeinada, con los ojos muy abiertos y signos de no haber dormido.
-Si –contestó Feliciano con cierta aprensión.
-¡Pues ha renunciado! Clara estaba fuera de sí. Se pasó los dedos por la frente, como si hubiera algo pegado a su frente y siguió gritando su angustia: ¡Ya van 8 personas que renuncian!, hoy los trenes iban con un retraso de dos horas; taxis casi no había, al pasar frente al City Bank vi a empleados y jefes vomitando en la calle; el MC Donalds estaba desierto y dicen que el presidente de gobierno está tumbado en estado catatónico desde ayer a la noche… ¡Todos los ministros han renunciado! Parece un efecto dominó que abarca el planeta entero, aunque algunos sectores y gobiernos todavía no han sido infectados! Clara se apoyó contra la pared sacudiendo la cabeza como si no pudiese asimilar tanto descalabro.
-Si renuncian los de la Generalitat ¿quien va a pagar las subvenciones?- preguntó Miguel con cara de pánico. Todos lo miraron sorprendidos.
Clara se desplomó en la silla con un cigarrillo en cada mano.
Feliciano trabajaba desde hacia diez años como asesor legal de esa ONG. Era muy alto, delgado, de piel negra. Cualquiera podría haberlo confundido con un jugador de baloncesto. Tenía la voz grave y los ademanes pausados de quien ha tenido que esperar mucho tiempo la salida del sol por el ventanuco de una celda. Feliciano era un exiliado más, un miembro anónimo de una sociedad bipolar que admira la delgadez anoréxica en las pasarelas, pero se conmueve hasta las lágrimas con los vientres hinchados de los niñitos negros hambreados.
Feliciano no era feliz.
Su mujer y sus hijas no soportaban el ritmo de vida en Barcelona y después de aguantar esta tierra extraña por dos años, se volvieron a Senegal. Extrañaban el sosiego de las tardes calurosas, la tranquilidad confiada de los rostros familiares, el rimo pausado de los pies sobre los caminos polvorientos, aunque tuvieran que buscar el agua a 2 kilómetros y soportar la malaria de tanto en tanto.
Feliciano había comprado un locutorio mediante un préstamo, con el cual ayudaba económicamente a su familia y de paso aseguraba el desplazamiento migratorio de sus primos y vecinas hacia la tierra prometida.
Puntualmente enviaba todo el dinero que ganaba a su familia, que a su vez, repartía el dinero entre los numerosísimos parientes que dependían de ello.
Feliciano vivía solo, en un apartamento muy pequeño que cubría sus necesidades. En Senegal la vida era de una austeridad incomprensible para el primer mundo. Para él era algo natural. Lo único que abundaba en casa de Feliciano era la música. A lo largo del tiempo, los sones de su país se habían mestizado con grupos pop españoles y latinoamericanos. Su mayor lujo consistía en bailar en el pequeño salón-comedor-dormitorio de su casa al ritmo de Youssou N'Dour a todo volumen, pero con los cascos puestos, para no molestar a los vecinos.
A los largo de los diez años de residencia en Barcelona su relación con la ciudad se asemejaban a las etapas de un enamoramiento pasional. Al principio, la exaltación le emocionaba al descubrir cada pliegue en la piel de las calles de la ciudad. Sobrevolaba como un águila las costas acariciando el mar con sus alas, el aliento se le volvía miel en cada beso urbano. Barcelona lo tenia hechizado y el se dejaba llevar de bar en bar, de teatro en teatro, de día en día.
Luego, como en toda relación, la pasión cedió un poco y comenzó a ver Barcelona recién levantada y sin maquillaje. El mal humor de la ciudad era notorio. Era un poco falsa , no era tan dinámica ni vanguardista, más bien un poco snob. A la luz de las farolas aprovechaba la cándida admiración de los recién llegados para sorber el tuétano de su dinero o su inocencia.
Como un enamorado que descubre la verdad sobre la pierna ortopédica de su novia en la noche de bodas, Feliciano se sentía un poco defraudado. Dudaba de quién lo había engañado más, si ella o él mismo.

Feliciano decidió tomarse el día, no soportaba el histerismo colectivo de la ONG. Volvió a pie, arrastrando la bicicleta.
Si, algo pasaba. Las tiendas estaban cerradas o abiertas, pero nadie las atendía, la gente conversaba en las esquinas y plazas y algunos vomitaban.
Llegó a su casa un poco cansado. Se recostó y sin ningún esfuerzo fue cayendo en un sueño apacible, casi de seda.
Antes de cerrar los ojos supo casi de inmediato que le había cogido el virus.
Le despertó el timbre. Eran las 19.00 , la hora en que habitualmente llegaba Marina con sus ojos verdes y alegres, su vocecilla de niña y sus juegos seductores. A veces se sacaba el jersey en el ascensor y tocaba el timbre de la casa de Feliciano con el pecho al aire, otras veces usaba falda sin bragas y cosas así. Feliciano sonreía para sí cada vez que constataba la creatividad con que Marina se le había metido en la vida.
Marina traspuso la puerta con un bote de mermelada de fresas en la mano. Feliciano tenía el semblante serio y la mirada perdida en el techo.
- ¿Qué pasa? – preguntó ella dejando el bote sobre el sofá.
- Tengo el virus.
- ¿Que?
- El virus del Boicot
- Perdóname, pero yo vine a follar, no a un meeting activista- dijo divertida, pensando que Feliciano se hacía rogar.
- No estoy seguro de poder follar. Es el virus.
- ¿El virus de que? – volvió a preguntar, ya sin sonrisa.
- Es como una enfermedad que te abre lo ojos, sabes lo que te pasa y porqué, pierdes el miedo, es algo…
- -¡Pero que me estas contando!¡Estamos todos locos!
- No es un chiste ni estoy loco, por favor, siéntate y te lo explico.
Feliciano se incorporó lentamente y juntando las manos, habló sin mirarle a los ojos.
- Marina, hace 6 meses que follamos y no te conozco ni me conoces.
- ¿A no? O sea: no trabajamos en la misma ONG, no sabemos que estas casado en Senegal y yo me lo aguanto, no sabemos que yo soy una feminista avergonzada por eso, y no sabemos que tenemos los mismos ideales…
- No , no sabemos. Sabemos lo superficial. Lo otro…
Marina le cortó , enfadada.
- ¿Que seria “lo otro”?
- Trabajamos en la misma ONG y nuestro sueldo depende de las subvenciones del sistema que pretendemos cambiar. Por eso vamos de la depresión a la negación, pasando por la autojustificación. Estoy casado en Senegal y quiero a mi mujer y a ti no. Eso me hace sentir fatal. También me siento mal porque no entiendo el feminismo y tampoco que te sientas avergonzada y en cuanto a los ideales, los tuyos no los conozco, pero los míos, la verdad es que no sé realmente cuáles son.
Marina se sentó a su lado en silencio. Suspiró y le preguntó:
- ¿Este sería el efecto del virus?- preguntó ella con los ojos húmedos.
- Si- contestó él alargando la mano hacia la de ella sin mirarla.
Marina lloró en los brazos de Feliciano casi toda la noche. Por ella, por él, por la vida, por sentir qu nunca estaba en el lugar apropiado ni con la persona correcta. Al final se durmió agotada.
A la madrugada Feliciano se levantó, arropó a Marina y le acarició el pelo. Mirándola dormir con los ojos hinchados, comprendió cuánto le había dado esa mujer dulce y fogosa. Cuánta de su soledad se había sumergido en la profundidad de ese cuerpo claro y delgado.
Feliciano lloró como nunca, y maldijo al virus.
Cuando apenas se hizo de día Feliciano recorrió en bicicleta el camino hasta la ONG por última vez. La ciudad estaba desconocida, pero no había saqueos ni delincuencia, el virus golpeaba tan fuerte la conciencia de las personas que a nadie se le ocurría aportar a la realidad más daño o deshonor del que había permitido por acción u omisión hasta ese momento.
Frente a los bancos se veían grupos de acreedores y deudores quemando públicamente los documentos hipotecarios. Los supermercados y tiendas comenzaban a proponer alternativas al dinero en metálico ya que mucha gente renunciaba a puestos de trabajo que no eran sostenibles.
Era raro ver a mujeres musulmanas charlar animadamente con vecinas con las que hasta ese momento no cruzaban palabra o presenciar los encuentros callejeros entre padres y maestros debatiendo cómo continuar las clases sobre bases que respondieran verdaderamente a los valores que querían para los niños.

Feliciano encontró a Clara tal como la había dejado el día anterior: con un cigarrillo en cada mano. Decidió ir directamente al grano.
- Me ha cogido el virus del boicot, no puedo hacer nada en lo que no creo. Vengo a renunciar- dijo telegráficamente-.
Clara cerró los ojos y tragó en seco.
- Yo también pase por periodos de falta confianza en el futuro Feliciano, ya van 19 que renuncian, por favor…
-Evidentemente, hay personas más resistentes al virus que otras - pensó Feliciano mientras Clara hablaba sobre responsabilidad hacia los objetivos, insistía en seguir adelante con la ONG y sus proyectos
y hacía hincapié en los que Feliciano veía como una larga serie de miedos personales.
- Me voy- repitió Feliciano, y dio media vuelta.
- ¡Feliciano! – sollozó Clara, preguntándose por qué el virus se había olvidado de ella.
Cuando Feliciano regresó al departamento, Marina no estaba. Ni ella ni nada que le perteneciera. Feliciano se sintió como un mal nadador a punto de ahogarse. Le recorrió el escalofrío que generalmente presagiaba una crisis personal. Hasta ese momento se las había arreglado evitando ese tipo de trance con distracciones.

Dependiendo de la gravedad de la crisis, la distracción iba en aumento, alcohol, porro, Marina, cocaína.
Pensó que algo de polvo blanco le quedaba en algún lugar, pero cuando dio un paso hacia la cajita en la que guardaba los restos de anteriores salva-crisis, una arcada lo dejó en cuatro patas vomitando en el suelo.
Esa noche le llegó otro mail inquietante : “Descubren el antídoto contra el virus del boicot”
Las corporaciones farmacéuticas en tiempo record, habían aislado al mal llamado virus del boicot , encontrando que en realidad, no era un microbio, sino un fragmento inactivo de ADN.
Por algún motivo el filamento había permanecido escondido a la espera de un momento adecuado para reconectarse a la cadena genética.
Como en cualquier proceso biológico evolutivo, había una amplia gama de desarrollos posibles ante la reconexión, inclusive existían personas naturalmente inmunes a los cambios y otros que podían ser portadores no infectados del “virus”.
Ante el descubrimiento, las corporaciones farmacéuticas, desarrollaron un sistema que hacía posible el aislamiento y separación de la cadena subversiva.
Había 11.450.000 solicitudes de personas a la espera de que les extirparan la cadena mutante.
Seguidamente se incluía un link a una página web en la que uno podía apuntarse para “volver a la normalidad”.
Feliciano buscó más información sobre el tema al tiempo que valoraba la posibilidad de apuntarse a la lista.
Los candidatos eran sobre todo jefes de estado y gerentes de corporaciones multinacionales, directores de colegios religiosos, políticos y demás deseosos de volver al orden que conocían tan bien.
Había que considerar que cuanto más se oponía el sujeto a la acción del virus más imposible le resultaba que algo se quedara en el estómago con lo cual gran parte de la población mundial se había debilitado al perder peso y líquidos tan de golpe.
Feliciano buscó más y se encontró con testimonios de personas que se adaptaban rápidamente a la nueva situación y encontraban que les satisfacía mucho más la autenticidad que les proporcionaba el virus, sorprendidos ante la gran cantidad de temores que se habían desvanecido en su conciencia. Sentían que alguien les había quitado la venda de los ojos y ahora podían ver.
Feliciano se pasó las manos por la cara,como si lavara sus ojos. Apagó el ordenador y salió a ver qué pasaba afuera.
Las reacciones de la gente frene a la visión de la realidad “verdadera” eran de los mas curiosas.
Las víctimas de injusticias tantas veces denunciadas ante tribunales a las que no hacían caso, recibían las disculpas de sus estafadores que devolvían a la gente los ahorros robados en su momento.
Al considerar las condiciones en las que se había pactado las hipotecas, los bancarios infectados, rescindían las deudas de sus hipotecados ante la mirada horrorizada de algunos gerentes resistentes al virus.
El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, la Banca Ambrosiana y la OTAN fueron las primeras instituciones en aplicar con o sin consentimiento de sus miembros el antídoto contra el fatídico virus que ya había producido estragos de consideración: se había condonado la deuda externa de 38 países y el desarme de Estados Unidos era inminente.
La cúpula vaticana, así como otros grupos religiosos fundamentalistas y sectas portaban un alto grado de inmunidad natural contra el virus y amenazaban – una vez más- con la excomunión de los herejes.
Una amenaza que por cierto, no le importaba absolutamente nada a nadie, ya que el efecto del virus mostraba la verdad de las cosas y alejaba el miedo inculcado por vía de la educación, las religiones, la familia o los medios de comunicación.
MEDIOS DE COMUNICACION

Los periódicos, radios, revistas y canales de televisión habían paralizado todas las actividades para asimilar las verdades que ahora estaban a la alcance de todos. La gente por su parte, no extrañaba el entretenimiento de ver televisión, porque ahora tenían cosas algo verdaderamente importantes que hacer o pensar.
Pasadas unas semanas, la gente comenzó a sentarse en los bares a charlar de sus descubrimientos personales y a reflexionar sobre la oportunidad de retomar la vida, sobre otras bases.
Algunos bancos había quebrado por falta de pago de las hipotecas, muchas fábricas habían cerrado por inasistencia de obreros y dueños, y las compañías aéreas curiosamente continuaban sus servicios, porque entendían que la gente necesitaba reencontrarse con sus familiares y ante el desvanecimiento de los obstáculos en contra de la utilización de combustibles no contaminantes, los ingenieros e inventores ecologistas habían puesto en circulación combustibles hechos de maíz y otras hierbas. También circulaban coches a energía solar.
Cuando alguien se quedaba sin dinero, se instauraba un intercambio de otro tipo, ya fuese el trueque de bienes o servicios.
El primer proyecto que se llevó a cabo fue la atención primaria de salud y un servicio para la gente que sufría de adicciones varias. El virus mutaba y las combinaciones de ADN también, esto producía una cierta dualidad en el comportamiento de las personas. Algunos infectados tenían clarísimo el modo en que durante años la publicidad les había convencido de la necesidad de comprarse – por ejemplo - un coche, sin embargo lloraban recordando la sensación ilusoria de poder que les conferían los aparatos de cuatro ruedas. Muchos hacían ruidos con la boca simulando el ronronear del motor mientras corrían con los brazos estirados, cogidos a un volante imaginario.
Otros añoraban los programas del corazón y se retorcían las manos con inquietud ni bien llegaban las 17.00 de la tarde. Luego se ponían en círculo y comenzaban a contar historias de amores no correspondidos e hijos secretos, reales o inventadas sobre la vida de los antiguos protagonistas. Entendían que sufrían de adicción, pero no les resultaba fácil salir de ellas.
Igual les pasaba a los pueblos indígenas de Sudamérica, Australia, y África. La reconexión del fragmento perdido les había mostrado con toda crudeza el modo en que la vivencia del colonialismo había llegado hasta sus cabezas, las antiguas diferencias entre pueblos se habían solucionado, pero no conseguían creerse del todo la libertad de que disponían. Los cooperantes que otrora pululaban en sus territorios decidieron marcharse, concientes de que en el 80% de los casos no hacía más que reproducir las condiciones de dependencia que pretendían transformar. Los africanos estaban finalmente solos frente a un destino que ellos mismo debían organizar. Y no tenían experiencia.
MILITARES

El caso de los cuerpos militares fue paradigmático. Auto inmunes al virus desde que la infección había comenzado, consideraron la necesidad inmediata de poner orden en “la situación caótica que empuja a nuestra sociedad al borde del abismo”.
Un lunes a las seis de la mañana se los vio marchar hacia la Moncloa con tanques, tropas y caballos, luciendo sus mejores galas, con la intención de establecer un estado de excepción.
Contaban con el apoyo de algunos políticos todavía “lúcidos”-según ellos- que los apoyaba en la conformación de un gobierno de crisis. Los políticos infectados –antipatriotas, según ellos- se apiñaban en lo jardines frente a la casa de gobierno repartiendo papeles con datos ultra secretos sobre la participación española en guerra de Irak, las facilidades concedidas a la CIA para repostar sus aviones en Mallorca o las concesiones otorgadas a empresas que producían productos transgénicos y demás datos sobre la recalificación de terrenos.
La primera acción militar consistía en dispersar a los agitadores y entrar en la Moncloa.
El general Pacheco, hombre de honor muy reconocido en el ámbito castrense, fue el elegido para convocar a las tropas y marchar hacia la casa de gobierno.
- Esto me hace acordar a mayo del 68 – escupió con desprecio el general Pacheco- ¡Todos comunistas, hippies haciendo sentadas y fumando porros!
- Estos no fuman porro mi general- le aclaró el teniente Olivera- son gente enferma.
- Da igual, ¡pero adonde hemos llegado! Pero si todo andaba bien como estaba! ¡Me cago en el puto virus de los cojones! ¡Mírelos!- dijo señalando a la gente que se apiñaba su paso – ni siquiera nos tienen un poco de miedo…
Los militares marcaban el paso ante la mirada divertida de la gente que los saludaba con la mano.
- Pobres- dijo una señora entre la gente que miraba el desfile - son inmunes…no pueden ver las cosas de ninguna otra manera, solo la que les han enseñado.
- Si, - le contestó el médico que tenía a su lado- están tan acostumbrados a obedecer, que sus filamentos ADN están calcificados.
- Pobres…- repitió la primera.
A unos doscientos metros de la Moncloa, un grupo de adolescentes cerraba el paso de los militares. Tomados de la mano, bailaban una danza alrededor de una pila de móviles y videojuegos, riendo a carcajadas.
El general Pacheco no gozaba del don de la persuasión- a no ser por la fuerza-, así que el teniente Olivera levantó en alto su brazo y detuvo la marcha de las tropas.
Bajó de su caballo con la expresión de un cowboy cuya misión es conciliar con los pieles rojas y se acercó pisando con fuerza, para que su paso sonara más que las risas adolescentes.
Una quinceañera de trenzas rubias y ojos gatunos cogió la mano de Olivera imprevistamente y lo llevó a rastras a la ronda.
El general Pacheco casi se cae del caballo, con los ojos muy abiertos llevó la mano a la pistola, dispuesto a defender a su hombre de las hordas subversivas.
La quinceañera abrazó a Olivera al tiempo que Pacheco le apuntaba a la cabeza.
La mano de Pacheco nunca había temblado tanto en su vida. Sudaba frío con la sensación que a veces padecen los cazadores , cuando las identidades se confunden y ya no se sabe quién es la presa.
Olivera abrazado a la chica había comenzado a mover los pies al son de la canción improvisada. Ahora se besaban bailando y saltaban juntos. Pacheco pasó del miedo al odio y apuntó a la cabeza de Olivera.
TOKIO

Todas las flotas japonesas pesqueras dedicadas a la caza de la ballena habían detenido sus actividades el 15 de agosto, cuando el virus atacó en masa el archipiélago nipón.
Las grandes corporaciones de Tokio –prevenidas contra el virus- habían conseguido administrar antídotos entre sus altos mandos y controlaban las cadenas de televisión. Desde allí pronunciaron discursos que alentaban la obediencia y el honor, como siempre lo habían hecho.
La gente no los escuchaba, habían decidido apagar los televisores y quedarse tumbados en sus camas y sofás, meditando sobre lo que estaba pasando en silencio. El 16 de agosto Tokio amanecía enmudecida alumbrada fantasmagóricamente por las luces de los carteles publicitarios que ya nadie miraba.
Vacía, casi sin coches ni trenes, ni metros: sólo algunos paseaban por el medio de las carreteras, o practicaban taichi en los parques.
PARADOJAS 1

Roger daba tumbos entre arcadas y vómitos a lo largo de la 19th Street en Washington. A su derecha, las tristes oficinas del FMI y enfrente, las del Banco Mundial.
Durante más de 13 años había ido y venido, cruzando esa calle que ahora decoraba tan visceral mente.
Roger era – al menos por el momento – un furioso convencido de las libertades individuales y económicas, de la desregulación de los mercados y por que no decirlo, un defensor de la ley de supervivencia darwiniana.
Días atrás, cuando el se había desencadenado la tragedia del mal llamado virus , un amigo suyo - accionista de una de las empresas mas grandes de biotecnología - le invitó al participar de un selecto charter a Suiza, en donde podrían extirparle sin dolor cualquier rastro de genes anti –globalización.
La sede de Hoffmann-LaRoche trabajaba a destajo aplicando una serie de procedimientos muy secretos que aseguraban la eliminación de cualquier filamento ADN indeseable.
Roger se sometió al tratamiento con el vigor convencido de un tele predicador. No se permitía ni un solo rictus de duda. Su ceño fruncido contrastaba con la blancura de su rostro. Su cabello rojizo y su cuerpo desnudo y pecoso yacían bajo una bata blanca a punto de recibir “el tratamiento”.
Por razones de seguridad, los pacientes eran anestesiados, para que no pudiesen reproducir el tratamiento fuera de allí. – “Siempre fieles a su estilo” – pensó Roger. Le causó un poco de gracia la ocurrencia. No pudo evitar pensar en el “estilo” de esta súper empresa. Al tiempo que recorría mentalmente los países en los que Hoffmann-LaRoche tenía intereses mucho más que comerciales. Fue en ese preciso instante cuando supo que para él, ya todo estaba perdido.
Volvió en sí en una habitación de hotel. El tratamiento incluía el traslado en ambulancia y los controles médicos posteriores. Un medico y una enfermera le hicieron los controles de rigor, pero no le preguntaron cómo se sentía. El médico se despidió y la enfermera le comunicó que ese día a las 15.30 debía coger el vuelo de regreso.
Siempre fieles a su estilo.
PARADOJAS 2

Gambia, Senegal y Uganda fueron las primeras en caer. Les siguió Sudáfrica y Etiopía. Cuando Feliciano llegó a su pueblo, en Senegal, comenzaron los suicidios.
El virus, o mejor dicho la reconexión evolutiva del fragmento X de ADN cumplía con su función de abrir los ojos de la gente, pero no proporcionaba esperanza en el futuro ni estrategias para reorganizar aquel mundo deshumanizado e injusto contra el que tantos grupos se habían enfrentado sin éxito en el pasado.
Luego de la primera ola de euforia que insufló en cada uno el aire nuevo de la verdad, después de vomitar – veraz y metafóricamente- las injusticias cometidas contra la humanidad, se produjo el silencio.
¿Y ahora qué?
Nota de la escritora: Yo he cumplido con la misión de escribir esto hasta aquí, ahora os invito a vosotros a continuar. Por eso os pregunto otra vez:
¿Y ahora qué?